El primer tac-tac del cuchillo contra la madera le indicaba que la faena había comenzado. Además ella siempre cantaba, después de haber pensado y antes de probar los sazones, él sabía que era el momento de acompañarla. ¡Le gustaba tanto mirarla!
Ella le contaba el plato, ingrediente por ingrediente, los pasos a seguir y por qué había que batir tanto, él escuchaba y la miraba. A veces le contaba quienes vendrían a comer; era lo de menos, a él le gustaba su alegría y mirarla, ese era el momento de ellos y no le daba celos que después se distrajera con los otros, que los halagos fueran para ella y su comida rica y que hasta algún solterón la festejara un poco. El la miraba. Nada de eso le importaba, la fiesta era verla danzar el baile de los aromas y los sabores; él entonces era feliz, ella lo sabía y le dedicaba toda la alegría del cocinar.
Cuando él era joven, mientras un rehogo lo permitiera o una horneada diera un respiro, ellos bailaban en esa fiesta intima, era una especie de rumba creada por los dos. Siempre bailaron, hasta las tristezas bailaron. Después ya no, por la edad.
Cuando a ella le anunciaron que era el fin, le acercó un sabor y una canción. Mientras la vena se llenaba de sueño y la vida cumplía su ciclo… él la miraba."
a Toro, e.i.

... la labor/obra no se construye en un único lugar, se compone como resultado de una deriva de la imagen, por espacios que la abren a su propia odisea, en ella Penélope no se queda en casa, aún estándolo. No hay una Itaca que sea el corazón del mundo, no hay un lecho que cubrir y custodiar, sino más bien una trama que urdir, una nueva cartografía para un Ulises que no regresa.
"mi amiga Simone"

"Rebaño 5" 60x75x6 fieltro, teñido industrial de lanas, ténica personal