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"Solsticio de primavera"


Me tiré en el prado buscando un descanso. El invierno había resultado largo y ese verde mullido olía a promesa de buen verano. Nadie alrededor, sólo mi cansancio y yo.


Creo que me dormí; creo que fue un sueño el que me trajo en cámara lenta la bajada paulatina de un rayo en zig-zag, oblicuo y autoritario.

Creo que fue un sueño que me hizo verlo como el instante supremo del éxtasis… después la lluvia, plácida y aliviante.


Se había dado el milagro eterno y repetido: el prado estaba fecundado.

e.i.

"La espera"

Llegarás de un momento a otro, sé que el camino te distrae, hay mucho para ver.
Mientras espero te recorro en mi memoria paso a paso, despacio, como si durmieras y no quisiera despertarte.

Te espero, corazón mío, amor de estreno, amor para siempre, no tengo prisa ¡hay tanto en tu camino!
De un momento a otro llegarás, la hamaca mece mi certeza: estás cerca.

Alzo la vista, llegaste, espléndida mujer, a la misma edad en que te parí.


e.i.

"Un abrazo Diferente" Cita a ciegas

Soñaba con el encuentro, con enamorarse, con encontrar brazos fuertes donde descansar. Soñaba con pasión la pasión y con curiosidad lo nuevo. Soñaba sexo y ternura, soñaba…
Se vestiría de color tranqui o no, mejor un poco de escote, quizás. Se peinaría suelto o recogido o no.
Llegaría temprano, se sentaría a esperar y observar, después vería, total si no le gustaba apuraría el café y se iría, no se daría a conocer.

Pensaba en el encuentro y ya se entusiasmaba, su fiel amigo de andanzas se lo hacía saber. Pensaba con anhelo de conquista y fe de logro; pensaba con desafío en lo nuevo. Pensaba sexo.
Se vestiría con algo tranqui, camisa.
Llegaría temprano, se sentaría a esperar y observar, verla entrar era importante, verla caminar era importante, después vería, total si no le gustaba apuraría su café y se iría, no se daría a conocer.


Mesa escote: expectativa, nido.
Mesa camisa: conquista, espada.

-¡¿FELIPE!?
-¡¿ELOISA!?
-¿qué hacés?!!!

El abrazo aúna escuela, patio, trenza y balero.
Otra vez será.
e.i.

Quizas mi abuela

Hacía calor y estaba triste. Triste de puro mujer que era, con esa tristeza que hasta es una alegría. Triste de insomnios y desvelos, de hijos y también de esperanzas.
Buscó sin buscar, dentro del ropero que era su refugio. Allí, como su propia historia, se alineaban cajas y sueños, retazos y recuerdos, también misterios... ¿qué sería de ellos luego de ella? ¿quién los entendería? Supo que nadie.
El tranvía que pasó con ritmo de campana la sobresaltó y resolvió. Vació su viejo costurero y, como quien prepara una ceremonia, dejó su legado: una aguja enhebrada, un dedal y varios retazos. Lo cerró y descansó.
Alguien lo encontraría; alguien seguiría, mujer al fin, el rítmico y ancestral gesto de unir las partes.
e.i.

Cuentito en 3 actos

I
¡Salí tan enojada! ¿Cómo que "¡ni tu sombra te seguirá!? Qué sabrá el muy necio. Pegué un portazo tal que, seguramente, mi sombra se quedaba adentro. Yo la dejaba adentro ¿entendiste? ¡yo-la-de-ja-ba!

II
Su tristeza hacía juego con esa calle negra de Barracas, y su humor con el pesado tapado que la cubría. "No te seguirá ni tu sombra", fue lo último que escuchó antes de dejarlo.

III
-"¡Ufff Negra- una voz -salí de pedo con el portazo que diste! pensé que no iba a poder salir, que me iba a tener que quedar, aunque pensandolo bien él tiene mejor carácter que vos, Negra. Pero vos no te das cuenta ¿no? Tiene razón el pobre, con vos no se puede, Negra. Siempre así andás, mal, agria, todo negro ves. Vos sos brava, Negra. Yo estoy con vos ¿viste? pero él se hartó, pobre, de tu mala onda... pesimista siempre; así como ahora que ni me mirás!"
Entonces la miró. Tarde. Roja y alegre, su sombra entraba a una bailanta.
e.i.

hoy me desperté cuento... mañana no sé

"Era el primero en saber que habría banquete y alegría; un gran observador de los gestos cotidianos, un atento compañero como ella nunca había tenido. Cuando ella descolgaba ése delantal, no el otro, él sabía que sería un buen día, lleno de aromas y sonidos prometedores. ¡Si la conocería! Sabía que al principio no había que interrumpirla, era el momento en que decidía encuentros de sabores, sorpresas en texturas y desenfados en postres. El hasta prefería dejarla sola e irse a sus cosas propias. Total era un ratito.
El primer tac-tac del cuchillo contra la madera le indicaba que la faena había comenzado. Además ella siempre cantaba, después de haber pensado y antes de probar los sazones, él sabía que era el momento de acompañarla. ¡Le gustaba tanto mirarla!
Ella le contaba el plato, ingrediente por ingrediente, los pasos a seguir y por qué había que batir tanto, él escuchaba y la miraba. A veces le contaba quienes vendrían a comer; era lo de menos, a él le gustaba su alegría y mirarla, ese era el momento de ellos y no le daba celos que después se distrajera con los otros, que los halagos fueran para ella y su comida rica y que hasta algún solterón la festejara un poco. El la miraba. Nada de eso le importaba, la fiesta era verla danzar el baile de los aromas y los sabores; él entonces era feliz, ella lo sabía y le dedicaba toda la alegría del cocinar.
Cuando él era joven, mientras un rehogo lo permitiera o una horneada diera un respiro, ellos bailaban en esa fiesta intima, era una especie de rumba creada por los dos. Siempre bailaron, hasta las tristezas bailaron. Después ya no, por la edad.

Cuando a ella le anunciaron que era el fin, le acercó un sabor y una canción. Mientras la vena se llenaba de sueño y la vida cumplía su ciclo… él la miraba."


a Toro, e.i.